La cebolla es la gran protagonista de esta sopa, no solo por su sabor dulce y profundo, sino también por sus numerosas propiedades. Rica en vitamina C, vitaminas del grupo B y minerales como potasio y manganeso, aporta nutrientes esenciales con muy pocas calorías.

Su contenido en antioxidantes, especialmente quercetina, contribuye a proteger las células frente al estrés oxidativo y le confiere un marcado efecto antiinflamatorio. Estos mismos compuestos, junto con los sulfuros naturales de la cebolla, aportan beneficios para el sistema cardiovascular, ayudando a mejorar la circulación y favorecer la salud del corazón.

Además, la cebolla contiene fibras prebióticas que favorecen una flora intestinal saludable y facilitan la digestión, algo que convierte a esta sopa en un plato reconfortante y nutritivo. Sus compuestos de acción antimicrobiana e hipoglucemiante redondean un ingrediente humilde, pero extraordinario. Por todo ello, una sopa de cebolla no solo calienta el cuerpo: también fortalece el organismo, aporta bienestar y mantiene la esencia de la cocina tradicional.

Preparación 

  • Comenzamos cortando en juliana fina la cebolla. Las cebollas deben de ser dulces para que caramelicen bien.
  • Derretimos la mantequilla en la cazuela. Introducimos la cebolla cortada en juliana, ponemos sal y dejamos cocinar a fuego medio bajo durante 40 minutos con la tapa puesta.
  • Cuando veamos que la cebolla está completamente pochada, subimos el fuego para que caramelicen los jugos. 
  • Incorporamos la cucharada de harina y cocinamos un par de minutos.
  • Agregamos el brandy o vino dulce (lo que tengáis) y dejamos que se evapore el alcohol por completo.
  • Cubrimos de caldo de pollo y dejamos cocinar 15 minutos a fuego lento. 
  • Tostamos unas rebanadas de pan. 
  • Emplatamos la sopa, ponemos las rebanadas de pan encima y cubrimos con queso rallado, y gratinamos.